Page 19 - Calambur Ed.1
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sino para dominarme, ya no había lugar que no hubieran
                      tocado con su boca. Entonces lo tomé por la barbilla para
                      que parara y me mirara, le demostré que me dominaba,
                      pero que también era dominado; se sentó en el borde de
                      la cama y yo, ya arrodillada en el suelo, decidí lamer su
                      pene. Estaba totalmente erecto y eso hacía que su piel se
                      tornara suave, quizás también por efecto de la circuncisión,
                      así que lo chupe y succioné una y otra vez, me esforcé por
                      hacerlo de la mejor forma (además, porque me gustaba) y
                      eso ayudó a excitarlo a tal punto que me tomó sin más, con
                      una agilidad para cambiar de posición.
                         En el acto parecía que nos conociéramos de siempre,
                      sabíamos qué queríamos, había más con anza de la que
                      alguna vez tuve con cualquier otro amante, y, entonces, me
                      dejé sumergir del todo en aquel momento carnal, porque,
                      por  n, me sentí de este mundo. Cuántas veces lo desee y
                      ahora estaba ahí. Todo para mí. Dejé entonces que hiciera
        conmigo lo que se le antojara, dejé que me pusiera en la forma que
        quisiera, dejé que me golpeara y, solo entonces, me dejé llevar por el gusto
        que solo el dolor físico genera en esas instancias de la experiencia: me
        agarró fuerte por el cuello, torció mi cabello en un manojo para halarlo
        con  fuerza.  Me  tenía  de  espaldas  y
        con la otra mano me acariciaba, luego
        me daba palmadas en los glúteos, me
        mordía el cuello y, ¡por  n!, decidió
        penetrarme con un ritmo que marcaba
        a la vez que seguía tirándome el
        cabello.  Yo quería más. Él continuaba
        lamiéndome     y    mordisqueándome
        el cuello, las orejas y los hombros al
        tiempo que me penetraba; yo, jadeante,
        me sentía llama, le pedía que me tomara
        con más fuerza y cada vez el goce fue
        siendo absoluto.
           Algo lo interrumpió, un dolor
        inmenso lo invadió y lo hizo retirarse

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