Page 13 - Calambur Ed.1
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el parque buscando el sustento que le permite
llevarse a la boca aguapanela y pan caliente. Antes
de despertar, el hombre le pidió que lo buscase, que
había algo que debía decirle.
Martín se sentaba en el parque cada día esperando
a que el hombre apareciese, con ando en su propio
sueño. Desesperado miraba a todos lados, en todas
direcciones; mirando este, oeste, norte y sur; miró
al cielo y al suelo y luego se rindió.
–¡Oye niño! –escuchó por n –. ¡Que bonitas
zapatillas tienes! Pero están mal cuidadas. Ven, te
haré el favor de dejarlas tan nuevas como cuando
fueron compradas.
Sus ojos, somnolientos, no le habían permitido
descifrar la gura del hombre, pero Martin acudió
a su llamado. ¿Podía ser el mismo rostro del sueño?
Tras dejarle las zapatillas brillantes, el hombre
se despidió, dijo que había sido un gusto conocerlo, pues le
habían hablado mucho sobre él, el niño prodigio con enormes
ojos llamados al saber.
–Mi nombre es Oscar. Pronto nos veremos, longevo Rafael.
Todo se volvió oscuro y un eco retumbó en los oídos de
Martín; un sueño profundo lo abrazó y en un estado de paz
cayó hasta que volvió en sí, un nuevo día comenzó y Martín,
anonadado, de su cama se levantó.
Luego de hacer memoria, recordó lo que dijo el hombre.
¿Longevo Rafael? De inmediato, un bombardeo de imágenes
llegó a su mente mientras un eco fuerte se escuchaba
pronunciando estos nombres: Oscar, Rafael, Martín, Raquel,
Raquel, Raquel… ¡Oh Dios! ¿Qué ha pasado? Se miró al espejo
y se asustó al ver lo que había delante de él.
–¡Soy un niño! –exclamó mientras se tocaba el rostro, los
hombros, brazos, pecho, cadera y piernas –. ¿Será cierto? ¿He
vuelto a nacer?
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